Efectivamente es la antipieza. El solo espacio de una casa y el
evocado viaje de los Martin sirven para cuestionar la banalidad de la
vida escenificada por unos personajes que nada tienen que decirse y
repiten frases hechas hasta la saciedad, conectando argumentos inconexos
y disfrutando sin embargo, de un alegre coloquio. Notan y muestran
desagrado, pero eso no destroza la infinita tertulia sólo rota por la
llegada de nuevos interlocutores.
La criada parece ser el resorte lógico, pero ni mucho menos escapa del absurdo. Llegan los Martin a visitar a los Smith, aunque ninguno de ellos esté seguro de sus verdaderas identidades, y vuelven a su entramado de extravagancias en las que un bombero es el confesor propicio. La ilógica retahila de despropósitos recuerda a los gemelos de "Alicia en el País de las Maravillas". El lenguaje fabulado se usa para desvirtuar el propio habla coloquial por la vaciedad que supone tratar de Bobby's Watson o zorras y gallinas. La genial desmostración de cómo la rutina destruye al necesario comunicador llega al máximo cuando se produce la escena de la puerta vacía que es la que Ionesco hace sonar a la reflexión.
Casi todo es intercambiable, los personajes, los diálogos, incluso queda más patente aún si cabe cuando la alternancia de unos papeles cuadriculados cierra el espectáculo, abriendo la infinita opción de un juego sin final donde el nihilismo se apodera de la situación. Ionesco pasa del tópico modismo de clase de idiomas a la polémica cotidiana de la clásica familia burguesa que no hace falta abolir, pues ya lo está. En esencia, un cruel análisis de la incomunicación, ese imperceptible mal que nos aqueja.
Para los que no hayan disfrutado hasta ahora de esta pieza de Eugène Ionesco, les ofrecemos este fragmento a cargo de Efímero Teatral.