Hay sitios donde las comadrejas se apoderan de todo y fornican sin
parar, porque la animalidad es el único reducto de sensibilidad que
pueden permitirse. Son lugares donde habitualmente el ser humano está
obligado a cosificarse, a desprenderse de todas sus propiedades, como le
sucede a Gizella Weisz, primero sus botas de fieltro, luego su muda de
ropa interior -no hay lugar para la sofisticación parisina adonde ella
va a ir, ni tampoco es conveniente portar consigo elementos distintivos
que la diferencien del resto, aunque allí no haya nada, o prácticamente
nada-. Los objetos de valor, lo que apenas cabe en una bolsa de deporte,
son intercambiados por jabón a granel o por zapatos de ciudadanos
uniformes, aunque nada de eso hace que Gizella se replantee si el
destino que le espera es la recompensa por la que todo el mundo la
felicita. La despersonalización a la que asistimos en su camino a una
ciudad sin nombre, es el proceso de despojarse de quien vive en un
régimen totalitario. Por si tiene dudas, en una de las paradas del
trayecto el director de la colonia le ofrece como lectura "Las preguntas
del leninismo" y después de frotar con deleite sus bragas le recuerda
que ese signo distintivo, esa etiqueta no procede donde ella va a ir.
Todos parecen saberlo todo de ella, mientras ella avanza en esa feliz ignorancia de todo al paraíso nevado donde se borran las huellas, guiada por sucesivos Virgilios en su descenso a un infierno de cosificación, tan largos como los pasillos que recorre el protagonista de "El proceso" de Kafka. A diferencia de ellos, los personajes de "La sección" sí que ayudan a Gizella, a deshacerse de su pasado, de todo lo que pudiera hacerle recordar de dónde viene, cuál era su vida anterior, los placeres con los que disfrutaba y, en lugar de revolverse contra la iniquidad, nuestra heroína reacciona con total docilidad, sin mostrar contrariedad alguna. En su destino no va a necesitar desvestirse, los días se asemejarán unos a otros como rápidamente le desvela su compañero de infortunios, su reacio compañero, porque los años de aislamiento y el apego al que regresa a la civilización, Buckó, hacen que los primeros instantes con Gizella sean todavía más difíciles. Ella no lo sabe, pero aceptando esa especie de martirio místico ha emprendido la ruta para convertirse en uno de esos veinticuatro pedazos de jabón, todos iguales. Bien lo sabe ese comisario político que le requisa la lectura, que ni necesitará, ni echará en falta, porque ella ya sabe demasiado. El horror del relato no puede evitarse toda vez que la protagonista parece resignada a asumir como premio, el castigo de seguir viviendo sin opción para pensar, sentir o formular preguntas que no contengan los volúmenes que toda dictadura prepara.
La sección. Adám Bodor. Acantilado. Traducción de Adan Kovacsics. Barcelona. 2007. 64 páginas.
Os dejamos con el concepto de Transilvania de Adám Bodor a través de los ojos de Zsuzsa Major
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